En ocasiones planteo a mis amigos el siguiente juego: deben elegir un superpoder, pero sólo uno. Se trata de poderes sobrenaturales clásicos, los de los superhéroes del comic y el cine. Pido que lo mediten, pues les advierto de que su elección es significativa y definidora de su personalidad. Volar, leer el pensamiento ajeno o manipularlo, ser extremadamente fuerte o rápido, mover objetos con la mente, vivir eternamente o predecir el futuro, entre otros.

Yo elijo siempre la invisibilidad, no por un afán curioso, si no por el deseo de conocer qué se cuece realmente en este mundo, de encontrar la verdad que nos niegan sistemáticamente. Entrar en la reunión a puerta cerrada del G-8, estar entre los que se reparten el mundo y no conformarme con la posterior y mentirosa rueda de prensa, a su vez falsificada más tarde por medios de comunicación parciales e interesados.
Este deseo va camino de convertirse en realidad. Los investigadores de la Universidad de Berkeley, California, con fondos del Pentágono, han logrado por nanoingeniería dos clases de materiales que obligan a luz a esquivarlos. Los objetos tridimensionales compuestos de tales metamateriales se muestran invisibles al ojo humano, pues no absorben ni reflejan la luz. La investigación es militar y sus posibles aplicaciones ya las podemos imaginar: fabricar aviones, carros de combate o uniformes invisibles. Aunque tales proyecciones a futuro nos pongan los pelos de punta, hay que señalar que el invento está aun lejos de su consecución. Se trata de un material frágil, a base de metales, que deberá ser cien veces mejorado para su uso cotidiano.
Pero hay otro tipo de invisibilidad que el gran escritor de ciencia ficción Philip K. Dick aventuró en su obra Una mirada a la oscuridad. El protagonista, para su trabajo de espía policial de las vidas ajenas, se viste con un mono de tela que le cubre totalmente. Este material luce a cada momento una apariencia distinta: un rostro y una vestimenta diferente en cada fracción de segundo. El individuo así vestido no es invisible, simplemente nadie puede recordarle, porque carece de una fisionomía o vestimenta reconocibles y por ello memorables.
Para terminar, siempre hay alguien que quiere para sí todos los superpoderes, la omnipotencia. Entonces le digo: “Tú lo que quieres es ser dios”. Y…¿por qué no?